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EL PATITO DE HULE

Publicado:  at  09:00 AM

Ding!…

Danny se encontraba sentado en la sala de su casa terminando de vestirse cuando recibe un mensaje de texto.

—¡Hola, cielo! ¿Ya estás listo?

—¡Sí! Estoy por bajar las escaleras.

Danny y su novia se dirigían al centro de su pueblo para visitar un pequeño mercado ambulante que estaba siendo la sensación del lugar. A pesar de que no era de su agrado este tipo de actividades, su novia no quería ser la única de sus amigas en no haberlo visitado.

Pasaron algunos minutos cuando se encontraron en su esquina de siempre. Después del estricto beso y abrazo de encuentro, caminaron las cuatro calles que los llevarían al mercado.

Al llegar se podía escuchar el animado ambiente. A pesar de que el pueblo no era muy grande, el cúmulo de gente le hacía pensar a Danny en qué momento se había multiplicado tan rápido.

Después de casi una hora entrando en cuanta tienda llamara la atención de su novia, Danny comenzaba a agotarse. Siempre veía lo mismo: baratijas y cosas sin sentido ofertadas a precios ridículos, amuletos de la suerte, piedras de poderes mágicos, antiguos objetos sin ningún uso aparente. Cuando Danny estaba a punto de pedirle a su novia que fueran a comer algo lejos del mercado, algo llamó su atención. Una pequeña carpa. A diferencia de las demás, esta tienda parecía olvidada por el tiempo: sucia, llena de agujeros y, a pesar del sol de mediodía, una sombra densa se posaba en su interior. Solo una pequeña lámpara de aceite parpadeaba dentro. Un olor a humedad y a algo indefinible flotaba desde la entrada. Danny haló a su novia de la mano para llevarla a ver esa curiosa tienda. Al acercarse, un frío inexplicable lo recorrió. Observó a una pequeña señora sentada en una butaca, vestida con ropas algo extrañas y un gran moño en su cabeza. La anciana lo miraba fijamente, como si lo reconociera.

—¡Siga, joven! Todo lo que ve está a la venta. Solo pregunte y le ayudaré —le indicó la anciana mientras hacía un ademán con la mano que lo invitaba a seguir.

Danny observó todo lo que estaba en la pequeña mesa con curiosidad, mientras su novia tomaba algunos objetos y los analizaba con desconfianza.

—Mira, cielo, ¿qué cosa es esta? —dijo la novia de Danny, sosteniendo una cajita musical desgastada.

Pero Danny la ignoró. Su atención estaba clavada en un patito de hule amarillo sobre la mesa. Se acercó y lo miró sin atreverse a tocarlo.

—¿Le gusta? —preguntó la anciana sin levantarse del banco.

—¿Está a la venta? —preguntó Danny, su voz apenas un susurro.

Antes de que pudiera tocarlo, su novia lo tomó con rapidez.

—¿Te gusta esto, cielo? —preguntó mientras lo observaba—. Se ve antiguo, pero está perfecto.

Danny se lo arrebató de las manos, su corazón comenzaba a latir con fuerza. Lo giró lentamente entre sus dedos temblorosos. Su novia, intrigada, le preguntó si todo estaba bien.

—Es extraño —murmuró Danny—. Cuando tenía cinco años, mi madre me regaló un patito igual a este, pero recuerdo que al mío le había…

Se quedó congelado. Al voltear el patito vio la pequeña hendidura que tenía en una de sus alas. Una marca irregular, hecha con un clavo oxidado. Una hendidura que solía hacer a todos sus juguetes para marcarlos como suyos.

Su respiración se detuvo. Las manos le temblaban. Un sudor frío recorrió su espalda.

Era imposible.

Aquel patito se había perdido hace veinticuatro años, a decenas de kilómetros de donde estaban, en amplio mar cuando vacacionaba con su familia. Lo había visto hundirse en las olas. Lo había llorado durante semanas.

—¿Qué pasa, cielo? ¿Todo está bien? —insistió su novia, ahora preocupada—. Estás pálido.

—Cielo, ¿por qué la anciana te mira como si te conociera? —agregó en voz baja.

Danny no pudo responder. Estaba helado, con la mirada fija en la marca. De repente la anciana se levantó y, con un tono algo burlón, le dijo:

—Es suyo por solo 15 monedas, joven, pero apresúrese. Tengo que recoger todo e irme pronto.

Danny no profirió ninguna palabra. Con manos temblorosas tomó dinero del bolsillo de su pantalón y se lo entregó a la anciana. Agarró su patito de hule y se retiró sin siquiera dar las gracias, como si huyera de algo.

Antes de salir, la anciana, cerrando su tienda con una vieja manta polvorienta, le dijo con una sonrisa extraña:

—Es mejor que lo cuides mejor ahora. No volveré a este lugar de nuevo.

Caminaron en silencio por un par de metros. Cuando su novia, preocupada, le preguntaba qué le pasaba, ambos voltearon para descubrir que aquella tienda ya no se encontraba allí. Solo quedaba un espacio vacío entre las demás carpas, como si nunca hubiera existido.

Esa noche, Danny colocó el patito en su estante, junto a sus viejas fotografías. Lo observó durante horas, incapaz de apartar la mirada.

Al amanecer, el patito había desaparecido nuevamente.



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