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EL ÚLTIMO MENSAJE

Publicado:  at  09:00 AM

Jamás pensé que podría llegar a molestarme tanto algo tan sencillo como una calle, pero aún no soporto la idea de que muriera. Incluso conducir por las calles por donde pasé con ella hace que la recuerde hasta el punto en el que a veces siento que está en el asiento de al lado, enojada porque su canción favorita no ha sonado aún en la radio, moviendo las manos al ritmo de cualquier otra canción mientras yo sonreía.

Faltan un par de calles para llegar a casa y espero que el semáforo esté en verde para cuando llegue a esa esquina, nuestra esquina, donde solíamos sentarnos a ver el atardecer. Odio pasar por allí cuando el semáforo está en rojo. Y aquí vamos, aún está en verde, creo que lograré pasar. Pero la vida no quiere sonreírme hoy. Un idiota no aceleró a tiempo y el semáforo volvió a cambiar a rojo. Tendré que soportar la vista de la esquina e intentar no llorar de nuevo.

A veces intento evitar mirar por la ventana, pero pareciera que mi cuerpo lo hace instintivamente. Ella siempre me enviaba un mensaje cuando nos deteníamos aquí. A veces un chiste tonto, otras veces solo un emoji de corazón o alguna tontería que la hacía reír. Era nuestro ritual, nuestra esquina, nuestro semáforo.

De repente un mensaje de texto interrumpe el acto automático. Por un segundo mi corazón salta, como si esperara ver su nombre en la pantalla, como antes. Pero no.

Número desconocido: no, alto, izquierda

¿Qué mierda es esto? Algún idiota con demasiado tiempo libre. Lo que me faltaba. El semáforo ha cambiado, y logré llegar hasta estas cuatro paredes que antes llamaba hogar. Ahora solo son un constante recordatorio de que ya no está. No tengo ánimos de hacer mucho, así que beberé algunas copas e intentaré dormir.


Faltan un par de calles para llegar a casa. El semáforo está en verde. Bien, aceleraré un poco, no quiero quedarme en esa esquina de nuevo. Pero el carro de adelante no se mueve, ese maldito carro nunca se mueve. Presiono el claxon con fuerza pero no pasa nada. El semáforo cambia a rojo. Suena mi teléfono. En esa esquina. Por supuesto que en esa esquina. Donde ella siempre me escribía.

Número desconocido: NO, alto, izquierda

Ya ni siquiera me molesta. Alguien se divierte jugándole bromas a un muerto en vida. He llegado de nuevo a casa donde están estas paredes que sintieron y vieron tanto, y que ahora, egoístas, guardan silencio aunque les ruegue que me dejen escuchar su risa una vez más. Las copas ya no hacen efecto como antes. Cada noche es la misma. Cada despertar también.


Faltan un par de calles. Siempre faltan un par de calles. El semáforo cambiará, lo sé. Siempre cambia justo cuando llego. El carro de adelante se detiene. Siempre el mismo carro. ¿Por qué siempre el mismo carro?

Rojo de nuevo.

El teléfono vibra en mis manos antes de que pueda siquiera mirarlo.

Número desconocido: NO, ALTO, izquierda

Miro la esquina. Nuestra esquina. ¿Cuántas veces he pasado por aquí? ¿Cuántas veces he llegado a casa? Las paredes no responden. Nunca responden. Las copas están sobre la mesa, pero no recuerdo haberlas servido. No recuerdo haberlas bebido tampoco.


Un par de calles. El semáforo. El carro. Siempre el mismo orden, la misma secuencia. Mis manos tiemblan en el volante. ¿Por qué tiemblan? Presiono el claxon pero no hay sonido, o quizás sí lo hay y ya no puedo escucharlo. El rojo me baña de nuevo.

Número desconocido: NO, ALTO, IZQUIERDA

Ella. Tiene que ser ella. Nadie más me escribiría aquí. Nadie más conoce esta esquina como ella. Pero ella está muerta. Yo la vi morir. ¿O no? Las paredes guardan silencio. Las copas están vacías. Siempre han estado vacías.

¿Cuánto tiempo llevo aquí?


Faltan un par de calles y más le vale al maldito semáforo no cambiar. Más le vale al carro de enfrente moverse de una puta vez. Está por cambiar. Lo sé. Siempre cambia. Acelero al máximo. Tengo que pasar. Tengo que salir de aquí. Tengo que llegar a casa. Tengo que—

De repente escucho su voz. No el teléfono. Su tierna y cálida voz.

NO. ALTO. IZQUIERDA.

Al voltearme la veo, sentada a mi lado, y al fondo nuestra esquina. Su cara pálida refleja el miedo, las lágrimas corren por sus mejillas. Me he saltado el semáforo en rojo. El camión viene desde la izquierda.

Ella: No, alto, izquierda…

El impacto.

Y luego el semáforo en verde de nuevo.

Siempre fue ella, intentando evitar que esto pasara. Ella aún sigue viva, despertando cada día en esa habitación que ahora le queda grande, mirando su teléfono, escribiendo el mismo mensaje una y otra vez en nuestra esquina, rogando que esta vez yo lo lea a tiempo, que esta vez lo entienda, que esta vez frene.

Yo morí ese día.

Y ella aún me escribe como lo hacía siempre que pasábamos por nuestro semáforo.

Esa esquina ahora es mi esquina, mi ciclo eterno, y el semáforo aún se ríe de mí cuando paso una y otra vez por él, atrapado en el último momento que compartimos, en el último mensaje que nunca entendí.

Hasta que ya fue demasiado tarde.



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