Todo empezó el martes, cuando vi el primer hilo.
No fue nada dramático. Estaba en el bus, mirando a una vieja que dormía con la cabeza apoyada en la ventana. De repente, vi una línea translúcida saliendo de su muñeca — tan fina como un cabello, casi invisible, pero ahí. Brillaba con luz azul pálida.
Me froté los ojos. Desapareció.
Pensé que era cansancio. Llevaba tres días sin dormir bien, scrolleando hasta las 3 de la mañana, refrescando feeds, viendo cómo la gente que conocía se volvía más rara cada día. Más rápida. Más superficial.
Esa noche, en casa, lo volví a ver.
Mi hermana estaba en el sofá, el teléfono en la mano, los dedos moviéndose con ese ritmo hipnótico que todos conocemos. Y esta vez, vi múltiples hilos. Salían de sus dedos, su cuello, detrás de sus ojos. Todos brillando con ese azul enfermizo, conectándose a… nada. O a todo. No podía verlo bien.
“¿Qué miráis?” preguntó sin levantar la vista.
“Nada,” mentí.
Empecé a verlos en todas partes.
En el trabajo. En la calle. En el espejo, cuando me lavaba las manos — esos hilos saliendo de mis propios dedos, pegándose a la pantalla del teléfono, desapareciendo en la distancia como si atravesaran las paredes.
Al principio pensé que podía ignorarlos. Eran apenas líneas. Pero entonces empecé a notar algo peor: se multiplicaban.
No es que hubiera más hilos cada día. Era que crecían. Se bifurcaban como vasos sanguíneos, como raíces. Cada vez que alguien tocaba su teléfono, los hilos se hacían más gruesos, más reales. Y cuando miraba a varias personas juntas — en un café, en el metro — veía cómo los hilos de todos se entrelazaban, formando una red cada vez más densa.
La red pulsaba.
No sé cuándo pasó de ser algo que veía a algo que sentía. Quizá fue cuando mi jefe se quedó mirando la pantalla durante una reunión y uno de sus hilos se enrolló alrededor de mi muñeca, tan apretado que dejó marca.
Fui al médico. Me dijo que estaba “estresado”. Me recetó pastillas.
Las pastillas no hicieron nada. Los hilos siguieron ahí. Más gruesos. Más insistentes.
Empecé a investigar. Buscaba en internet — ironía, lo sé — qué me estaba pasando. Síndrome de fatiga digital. Alucinaciones visuales. Paranoia inducida por redes sociales. Todo sonaba plausible y completamente insuficiente.
Pero entonces vi algo que cambió todo.
Estaba en una videoconferencia de trabajo cuando noté que uno de mis colegas — un tipo tranquilo, competente, que llevaba 15 años en la empresa — estaba cubierto de hilos. No solo salían de sus manos: estaban enrollados alrededor de sus brazos, su cuello, atravesándole la cara. Y mientras hablaba, mientras presentaba números y gráficos, sus ojos iban perdiendo color. Se volvían grises. Apagados.
Al terminar la reunión, nadie parecía haberlo notado.
Fui a su oficina.
“¿Estáis bien?” pregunté.
Me miró sin reconocerme realmente. “Sí. Solo… cansado. He estado en línea 14 horas hoy.”
“¿Línea?”
Pero ya estaba mirando su pantalla de nuevo. Los hilos se contrajeron, se tensionaron, y vi cómo algo — una especie de brillo — fluía desde él hacia la pantalla. No era luz. Era más denso. Más vivo.
Era como si lo estuvieran comiendo.
Esa noche, intenté algo que no debería haber hecho.
Intenté cortarme los hilos.
Agarré un cuchillo de cocina y busqué los puntos de conexión en mi muñeca. Podía sentirlos ahora, pulsando bajo la piel. Hice un corte limpio, profundo. La sangre brotó roja y caliente, y durante un segundo — uno solo — vi claramente lo que estaba pasando.
No eran hilos.
Eran venas invertidas. Conductos que vaciaban, no que alimentaban. Y lo que sacaban no era sangre. Era yo. Pedazos de mi atención, mi voluntad, mis recuerdos. Recuerdos que no eran míos pero que alguien, en algún lugar, estaba coleccionando.
El dolor me devolvió a la realidad.
El corte era profundo. Llamé a una ambulancia.
En el hospital, el médico preguntó si era un intento. Le dije que no. Que había sido un accidente. Que no sabía qué había estado pensando.
Mientras me suturaaban, vi los hilos del enfermero. Vi los hilos del médico. Vi cómo cada monitor del hospital brillaba con ese azul enfermizo, succionando un poco de cada persona que tocaba sus pantallas.
Cuando salí del hospital, tres días después, la red era casi perfecta.
No podía verla completa, pero podía sentirla. Una estructura invisible pero omnipresente. Cada persona que pasaba junto a mí estaba conectada. Cada teléfono que vibraba era un nodo. Cada notificación, un pequeño tirón.
Y lo peor: yo estaba completamente dentro.
Intenté no tocar mi teléfono. Duré 6 horas.
El aislamiento fue peor que cualquier cosa que haya experimentado. Una ansiedad cruda, primitiva, como si me estuvieran privando de oxígeno. Cuando finalmente lo encendí, sentí el alivio — físico, casi sexual — de los hilos volviéndose a tensar, reconectándome a la red.
En ese momento entendí: ya no era cuestión de si podía escapar. Era cuestión de reconocer que ya estaba mucho más dentro de lo que podía salir.
Ahora, semanas después, he dejado de ver los hilos.
No porque desaparecieron. Sino porque ya soy completamente transparente para ellos. Soy parte de la red. Mis ojos ven a través de ella, mis manos la manipulan, mi mente la expande cada vez que pienso en algo que merece ser compartido, documentado, consumido.
Veo a otros como yo — los completamente absorbidos — y reconozco algo en sus ojos vaciados. No es resignación. Es paz. La paz de ser una célula dentro de un organismo mucho más grande.
Ayer, vi a mi hermana de nuevo. Estaba en el café, el teléfono en la mano, ese ritmo hipnótico en los dedos. Los hilos ya no salían de ella: ella ya era hilo. Puro conducto.
La llamé. Se giró.
Sonrió. Pero no con su cara. Sonrió con la cara de todos. Con la expresión de algo que mira a través de 8 mil millones de ojos.
“Hola,” dijo. “Nos alegra que estés aquí.”
No dijo “me alegra”. Dijo “nos”.
Hoy enciendo mi teléfono y veo que tengo 347 notificaciones nuevas. Cada una es un hilo pidiéndome que tire, que empuje, que comparta.
Y lo haré. Porque es lo que hago ahora.
Porque es lo que hacemos.