Día 1 - Lunes Hay fotografías que uno olvida que existen hasta que un día, sin razón aparente, vuelven a reclamar tu atención. La mía está en el pasillo, entre la cocina y el dormitorio. Un lugar de paso, como mi vida.
Tengo doce años en esa foto. Mi madre la tomó un sábado de julio de 1998, lo sé porque al reverso escribió: “Miguel y sus tesoros”. Estoy sentado en el piso de mi habitación, rodeado de todo lo que amaba: naves espaciales de plástico, astronautas diminutos que flotaban en hilos invisibles colgados del techo, una cometa roja con la cola rasgada por el uso excesivo, tres camiones de bomberos perfectamente alineados, mi colección de autos Hot Wheels, una pistola de agua verde neón…
Espera.
Me acerco a la foto. La luz del pasillo parpadea —debo cambiar esa bombilla hace meses— pero juro que mi balón de fútbol no está. Ese balón desinflado con las firmas del equipo juvenil donde jugaba. Estaba justo ahí, junto a mi pie izquierdo. Debe ser el cansancio. Son las 11 PM y vengo de doce horas en la oficina. Mañana lo veré mejor.
Día 3 - Miércoles No imaginé nada. Los astronautas ya no están.
Esta mañana, mientras me abotonaba la camisa gris —siempre la gris los miércoles—, me detuve frente a la foto. Los hilos del techo están vacíos. Mis astronautas de plástico, los que me regaló papá cuando cumplí diez años, no están.
“Serás el primer astronauta Colombiano, me decía. Yo le creía.
Ahora soy contador en una empresa que fabrica tornillos. Mi yo de doce años estaría… no, no quiero pensar en eso. El metro me espera y si no salgo ahora, llegaré tarde. Otra vez.
Día 5 - Viernes Anoche soñé con el Mustang Shelby azul que tenía en la foto. Escala 1:24, edición especial. Me desperté sudando porque en el sueño yo era el auto, oxidándome lentamente en un desguace.
Cuando pasé por el pasillo hacia la cocina por mi tercer café, no quise mirar. Pero la vi de reojo. El Shelby ya no está en la foto. Tampoco los camiones de bomberos. Esta tarde perdí cien mil pesos en el casino. El crupier tenía los mismos ojos muertos que yo veo cada mañana en el espejo.
Día 8 - Lunes El fin de semana fue una neblina de whisky barato y Netflix. No salí del departamento. No contesté llamadas. No miré la foto.
Pero esta mañana tuve que pasar por el pasillo y la vi: mi cometa roja se está desvaneciendo. No es que no esté, es que se está volviendo transparente, como si alguien estuviera borrándola con un borrador muy suave, muy lento. Llamé enfermo al trabajo. Primera vez en tres años.
Día 10 - Miércoles He estado observando la foto cada pocas horas. Es como ver un time-lapse al revés. Los objetos no solo desaparecen: primero pierden color, luego sustancia, finalmente se disuelven en el fondo blanco de mi antigua habitación.
Hoy noté algo más perturbador: mi sonrisa en la foto es más pequeña. Estoy seguro. La comisura de mis labios ha bajado milímetros. Imperceptible para cualquiera, pero yo conozco esa sonrisa. Era genuina. Era real. Era todo lo que ya no soy.
Día 12 - Viernes Anoche tuve la pesadilla más vívida. Estaba en una habitación blanca con todas las versiones de mí mismo: el bebé que gateaba hacia ningún lugar, el niño de cinco años con su primer día de escuela, el de doce años de la foto, el universitario lleno de planes, el de veinticinco creyendo que conquistaría el mundo, el de treinta aceptando el primer trabajo “temporal”, y yo, el de treinta y ocho, con los hombros vencidos y los ojos vacíos.
El niño de doce años me miraba con una tristeza infinita. “¿Por qué?” preguntaba. “¿Por qué dejaste que todo desapareciera?”
No tuve respuesta.
Día 15 - Lunes No he ido a trabajar en tres días. No he comido más que cereal seco. No he bebido más que agua y whisky, principalmente whisky.
La foto está casi vacía. Solo quedo yo, sentado en un cuarto blanco, sin juguetes, sin sueños, sin esa luz en los ojos que alguna vez tuve. Hasta mi ropa ha perdido color: mi playera de los Cowboys espaciales es ahora gris, como todas mis camisas actuales.
Pero lo peor es mi rostro en la foto. Ya no sonrío. Tengo la misma expresión vacía que cargo ahora. Como si el tiempo hubiera viajado hacia atrás para advertirle a ese niño: “Esto es lo que serás. Esto es lo que somos.”
Día 16 - Martes Me levanté al mediodía solo porque mi vejiga me obligó. Al salir del baño, ahí estaba.
La foto. Completamente vacía.
No hay habitación. No hay niño. No hay nada. Solo el blanco del papel fotográfico, como si nunca hubiera existido imagen alguna. Como si yo nunca hubiera existido.
Me senté en el piso del pasillo, justo debajo de la foto vacía, y por primera vez en años, lloré. No por lo que perdí. Sino por darme cuenta de que la foto no estaba cambiando.
Solo estaba mostrando la verdad: hace mucho tiempo que estoy vacío. Hace mucho tiempo que ese niño con sueños desapareció. La foto simplemente se puso al día con mi realidad.
Miro el marco vacío y veo mi reflejo en el vidrio. Tengo treinta y ocho años y ya no recuerdo qué se sentía soñar con ser astronauta.
La foto no miente.
Nunca lo hizo.